Nuestro amigo el piano

nuestro_amigo50 piezas para niños compuestas por niños.

Editorial: Ricordi.

“La improvisación es una actividad habitual en mis alumnos. Antes de abordar sus lecciones, casi todos han llegado a sentir la necesidad de jugar libremente sobre el teclado durante algunos minutos. No siempre tienen conciencia del vínculo personal que tratan de establecer de este modo con la música. Este tipo de relación individual, lograda por el mismo niño, perdura y no pocas veces se transforma en el lazo firme que resiste las más agudas crisis en la relación con el instrumento, tan frecuentes a partir de la preadolescencia: el niño quizá podrá rechazar el estudio pero no el instrumento con el que se seguirá conectando e identificando en forma espontánea a través de la improvisación.

Yo enseño jugando. Mis chicos aprenden jugando. En la relación musical que se establece a través del piano, los niños llegan a lograr una participación activa, una entrega, una seriedad y un goce solamente comparables a los que se dan en las más afortunadas situaciones lúdicas.

Cuando los niños se desarrollan en forma sana y natural, un poco a cubierto de ciertas notorias interferencias antieducativas con que un ambiente ansioso, descreído, atiborrado de objetos y metas materiales y por ende, con una jerarquía de valores severamente trastrocada, los bombardea a través de los medios de comunicación masiva, conservan una extraordinaria capacidad para regocijarse y expresar asombro por todo aquello que involucra vida. No nos extraña, pues, que se sientan tan atraídos por la música, portadora de movimiento, emoción y energía sobre todo antes de comenzar el estudio “serio” de un instrumento.

El niño inducido a conectarse con el piano a través del juego – de la improvisación siente que entabla un diálogo con su instrumento y que la música que produce es el resultado de un doble proceso, de un dar y un recibir rico y fructífero en un marco de plena confianza: el pequeño, en su juego, explora el piano, mientras éste va liberando y entregándole uno a uno sus secretos sonoros, musicales. La melodía, el ritmo, el acorde que el niño extrae del instrumento, constituyen una respuesta amistosa, la justa recompensa a un delicado y prolijo acercamiento.

Es el maestro quien, utilizando técnicas pedagógicas a veces verdaderaménte sutiles, debe promover ese doble acercamiento en el que se funden los planos físico y espiritual, al abordar el instrumento que hemos elegido para “jugar”. (¡Cuánto más bello y adecuado es el verbo “jugar” con que se designa la ejecución instrumental en idiomas como el francés, inglés o el alemán!).

Jugando con los sonidos que le proporciona el piano, el niño descubre casi de inmediato y como por casualidad los giros melódicos, rítmicos y armónicos típicos de la música de otros países y ambientes de otras épocas, o del estilo de determinados compositores que le resultan familiares porque los conoció a través del disco o de sus propias ejecuciones. El juego o improvisación no es sino la forma más eficaz de valorizar y de entregarse al estudio de las pequeñas obras de arte que Mozart, Schubert, Beethoven y sobre todo los contemporáneos Bartok, Stravinsky, Prokofiev, Milhaud, Orff, Kabalevsky le dedicaran para hacer más ameno su ingreso en el arte musical.

No es raro que la falta de confianza y de intimidad que se observa en la relación de algunos ejecutantes con su instrumento esté unida a una falta de oportunidad durante la época de su educación musical, para realizar a través de la improvisación el sano y amable diálogo a que nos referimos.

El juego de la improvisación -que puede conducir al niño a la creación musical- posee, como todo juego, sus reglas que deben ser aceptadas de común acuerdo por los integrantes del binomio pedagógico. No pretendernos de ningún modo con nuestras palabras tan francamente optimistas, restar fuerza ni validez a los recursos que deberá utilizar el maestro para desencadenar este proceso. Tampoco corresponde disimular las sutilezas, los imponderables hilos que maestro y alumno irán descubriendo y aprendiendo a manejar, cada vez con mayor pureza, cuando ambos se entreguen al juego con idéntica y espontánea autenticidad. “…

…” Al evaluar los resultados, creemos firmemente que quienes han tenido oportunidad de apreciar, en el contacto pedagógico con niños, su tremenda fantasía auditiva, su carácter de inquietos exploradores del espacio sonoro, su falta de convencionalismos, no tendrán inconvenientes en afirmar con nosotros que EXISTE UN ARTE INFANTIL con características propias, diferente del arte de los adultos con el que sería absurdo compararlo o establecer competencia. Si bien el niño carece de la capacidad de concentración y trabajo de un adulto, de su madurez y fuerza de voluntad, se caracteriza en cambio por una frescura increíble, una conciencia despierta para el arte, una insospechada capacidad de elección unida a tendencias genuinas que se expresan abiertamente en todo lo que hace y que conforman una voluntad creadora típica de la infancia.

Como educadores musicales, es nuestro deber descubrirla y desarrollarla.”

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